En silencio (tu eterno silencio)
Atropellada de placer, me senté a repasar maravillada cómo la luz sobre tu pelo encandilaba de oro en claroscuros. Cada hebra, cada mechón despedía un brillo de ése color único. Me alejé unos pocos centímetros, para contemplar tu cabeza en un plano más abierto, y así poder plasmarla en mi memoria, como una fotografía, para aquellos momentos tan largos de la semana en que las vivencias se reducen a un viaje en subte, a una cola de banco, o en el mejor de los casos a sortear charcos de lluvia sobre el adoquinado de San Telmo.
Te besé la mejilla suave y afeitada, en silencio, en mi imaginación. Sonreíste, pensando sabe Dios en qué, pero me corrió un vértigo por detrás de los ojos al pensar en que pudieras haber sentido el beso.
Absurdo.
Pasa el tiempo a tu lado, y pareciera que la vida no tiene contratiempos, que la sangre corre sin necesidad de ser bombeada, porque el corazón puede tener algo más importante de qué ocuparse.
¿Y sabés qué?
Te lo regalo.
Si no está en tus manos a mí no me sirve para nada.
Te besé la mejilla suave y afeitada, en silencio, en mi imaginación. Sonreíste, pensando sabe Dios en qué, pero me corrió un vértigo por detrás de los ojos al pensar en que pudieras haber sentido el beso.
Absurdo.
Pasa el tiempo a tu lado, y pareciera que la vida no tiene contratiempos, que la sangre corre sin necesidad de ser bombeada, porque el corazón puede tener algo más importante de qué ocuparse.
¿Y sabés qué?
Te lo regalo.
Si no está en tus manos a mí no me sirve para nada.

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